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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 06 de Octubre de 2017

Todo irá bien. A4/A4+, 6a. Sílvia Vidal. Alaska. 53 días sola

Sílvia Vidal, escalando en Alaska, Un pas més. Foto: Sílvia Vidal
Sílvia Vidal, escalando en Alaska, Un pas més. Foto: Sílvia Vidal

Hace 1 mes informamos sobre la gran actividad que la escaladora y alpinista catalana Sílvia Vidal realizó en en la cara Oeste de Xanadu, Arrigetech Peaks, Alaska, durante el mes de julio, con la apertura de Un pas més, una vía de 530m, A4/A4+ 6a. Pinchando aquí podéis leer la noticia y las características técnicas de la escalada.

Sin embargo, y como suele ocurrir en el caso de Sílvia, la escalada es solo una pequeña parte de lo que para ella significa la montaña, su manera de entenderla. Habitualmente sola, en lugares remotos, largas temporadas incomunicada.

Esa es la parte que nos parece más hermosa. En un tiempo de velocidad, en un tiempo en el que la montaña se limita a la actividad y deja de ser ese mundo primitivo en el que perderse, rendir pleitesía a nuestros genes nómadas, y encontrarnos con nosotros mismo en nuestro yo más profundo, pedimos a Sílvia que nos cuente qué se siente al estar 53 días sin contacto con el exterior, sin radio, sin partes meteorológicos, sola, conviviendo con los osos en un lugar del que no es posible salir.

Qué además, en ese tiempo, y tras 540km de porteo de 150 kilogramos de material, haya conseguido abrir una vía de 530m, 6a y A4/A4+ es importante.

Pero no lo fundamental.

Sílvia Vidal realiza proyecciones, conferencias y charlas de escalada, y conferencias motivacionales. Toda la información sobre ellas, y forma de contacto, en: www.vidalsilvia.com

TODO IRÁ BIEN, por Sílvia Vidal


En una expedición en solitario de muchas semanas, en lugar remoto, porteándotelo todo y yendo incomunicado, escalar suele ser lo más simple.

No por ello significa que la escalada sea fácil, pues no lo es. Me refiero a la parte técnica, a lo previsible, a lo ejecutable.

Cuando tienes la técnica, la puedes usar. Cuando tienes un grado “x”, sabes que ese mismo grado lo deberías poder escalar. Incluso una mala meteorología, que clasificaríamos como algo no controlable y que condiciona la actividad, te permitirá realizarla en función de la capacidad de aguante, la logística y el grado de motivación.

Un pas més, Xanadu, Alaska. Foto: Zeb Engberg
Un pas més, Xanadu, Alaska. Foto: Zeb Engberg

Tal vez alguien se esté preguntando; qué pasa con los imprevistos y situaciones inesperadas que podrían dar al traste con las expectativas y objetivos. Procuro no alimentarlas, que no significa ignorarlas, y confiar en que todo irá bien.

Marché con la sensación que todo iría bien. Necesitaba esa “certeza” porque el grado de incertidumbre era elevado. Por la cantidad de kilómetros que debía portear (540Km.). Por la cantidad de peso que tenía que cargar (150Kg de comida y material). Por la cantidad de días que debía pasar sola en un valle remoto de Alaska (53 días). Por la cantidad de animales salvajes que hay (osos, lobos, alces, glotones…). Por ir incomunicada (ni radio ni teléfono). Por no tener opción a salir de la zona si no era con hidroavión (lo que significa que seguramente no podría volver por mis propios medios, y esa sensación me estresaba). Porque no tenía claro que mi cuerpo estuviera al 100%, y esto último junto al tema osos, era algo nuevo para mí.

Sílvia Vidal, porteando de camino a la pared. Foto: Sílvia Vidal
Sílvia Vidal, porteando de camino a la pared. Foto: Sílvia Vidal

¿Y el riesgo que todo ello conlleva?

Decidir vivir como quieres vivir significa arriesgar, así que para mi, el riesgo está siempre presente; en casa o en Alaska, como parte motivadora de nuevas experiencias. Me refiero a vivencias transformadoras, que por cierto, están también tanto en casa como en Alaska.

La expedición previa a ésta fue en la Patagonia chilena, donde pasé semanas en la zona, y tardé 32 días en escalar una pared enorme. Iba también sola e incomunicada. En esa ocasión me lesioné, y mal, las rodillas durante los desporteos. La lesión fue causada por la debilidad acumulada durante la aproximación, cargando peso, y tantos días colgada en la pared.

Si no andaba, allí me quedaba, pues nadie vendría a buscarme. Para salir de allí cometí el error de creer que el precio a pagar era destrozarme las rodillas. Pude salir pero provoqué una lesión larga. Pues a cada paso que daba, creía estar lesionándome cada vez más. Y así fue.

Regresé y me diagnosticaron condromalacia rotuliana en ambas rodillas (desgaste). Necesité un año para dejar de tener dolor.

Este año, en Alaska, al tercer día de porteos, empecé a sentir el mismo dolor en las rodillas. Cuando comenzaron los mismos síntomas me asusté, porque tenía por delante muchos kilómetros y mucho peso que cargar. No quería hacer lo mismo que en Chile así que hice todo lo contrario y empecé a repetirme cada día, mientras andaba: “A cada paso que doy mis cartílagos regeneran…”. Durante horas y horas. Hasta que el cerebro se hizo lo hizo suyo y dejaron de dolerme las rodillas, 3 días más tarde.

Aunque la “lógica” diga que ha ser lo contrario porque la actividad ha sido muy dura en muchos aspectos, pude hacer los 540 Km. porteando con peso y regresar sin dolor ni molestias.

No es casualidad, ni magia, ni suerte, sino que es producto de un trabajo continuado (antes, durante y después de la expedición), mediante nuestra herramienta más poderosa; la mente. Ella está a nuestro servicio, esperando que le demos las instrucciones pertinentes.

Esto no significa que no dudara, que no desconfiara, que no pasara miedo, que no me dolieran las rodillas durante unos días, ni que seamos infalibles. La duda me acompañó durante toda la expedición. Si hubiera confiado de antemano que funcionaría, me hubiera ahorrado un montón de sufrimiento.

Sílvia Vidal, porteando en territorio de osos, Alaska. foto: Sílvia Vidal
Sílvia Vidal, porteando en territorio de osos, Alaska. foto: Sílvia Vidal

Sabía que vería osos, porque es tierra de osos y porque pasaría muchos días en el valle, pero no esperaba que sucediera el primer día. Entró en mi campamento, lo revolvió todo, rompió un bidón de agua y al rato largo acabó marchando. Marchó cuando dejé de gritarle y apuntarle con el spray anti-osos. Empecé a hablarle para pedirle que por favor no rompiera más cosas, que no se comiera mi comida, que no me hiciera daño y pedirle permiso para entrar en su territorio.

El oso se fue, pero el miedo que pasé se quedó conmigo. Durante diez días estuve huyendo, sabiendo que no había donde huir; la pared a kilómetros y ningún lugar al que ellos no puedan acceder. Es su territorio, y tú un intruso que tropieza con raíces, resbala con piedras mojadas y se pierde en un camino que lleva 3 días repitiendo. No podía ni dormir y mi cuerpo empezó a mostrar síntomas serios de estrés. Tuve que parar y mentalizarme de que todo iría bien.

No dejé de tener miedo durante los casi dos meses que ahí estuve, pero sí dejé de sentir terror. El miedo es mucho más llevadero y si lo miras con cariño ayuda a avanzar.

El terror, paraliza.

Durante la marcha llevaba un cencerro de vaca, para que sonara a cada paso que daba. Para avisar que venía. Para no tener sorpresas. Aún así topé con un grizzli (los más grandes, los que hacen de malos en las pelis) mientras andaba. Lo tenía de frente, en el mismo camino. Él enorme, y yo muy pequeña.

Me dejó pasar. Se apartó del camino, y allí estaba, en algún lugar escondido entre los matojos, mientras cruzaba sin poder verle; contándole la misma historia que a su primo el oso negro.

No es que la pared estuviera a 540 Km. sino que llevaba 6 bultos de 25Kg cada uno, con toda la comida y material necesario para escalar una gran pared y hacía porteos fragmentados, por etapas. Cargaba con un bulto durante unas horas y regresaba de vacío a por otro. De manera que cada etapa del camino, durante la aproximación, la anduve en 11 ocasiones (6 cargada y 5 descargada), durante 16 días hasta llegar a la pared.

De bajada tardé 20 días, pues aunque tenía menos peso de comida, eran los días que faltaban para el día de recogida acordado con el piloto del hidroavión. No tenía sentido llegar antes pues no podía avisar e igualmente llevaba el mismo material que para la aproximación y comida para todavía 3 semanas…

Sílvia Vidal, limpiando el largo 8 de Un pas més. Foto: Sílvia Vidal
Sílvia Vidal, limpiando el largo 8 de Un pas més. Foto: Sílvia Vidal

El acceso a la pared tiene dos posibilidades.

Aposté por la más dudosa y gracias a ello pude realizar la actividad, pues de la otra manera me hubieran faltado días. La cara escalada fue la oeste de Xanadu. Mientras aproximas por el valle principal (Arrigetch), la vas viendo por su vertiente opuesta; la este. Así que hay que pasarse al valle contiguo.

El valle principal termina en un glaciar y a partir de ahí hay que subir un collado, medio trepando medio andando. Fácil en cuanto a dificultad pero horrible en cuanto a sensaciones (piedras sueltas, mojado, placas lisas que patinan, mucha pendiente…).

Desde el collado hay dos opciones. Uno; bajar al valle siguiente dando una vuelta de unas cuantas millas más para acampar enfrente de la cara oeste de la pared. Dos; intentar subirse a otro collado que queda en el margen izquierdo de la oeste. No sabía si tendría acceso o quedaría cortado.

Intenté la segunda opción y pude llegar a una vira que recorre la pared en su totalidad. Tampoco sabía si la vira era transitable y resultó ser que sí. Fue toda una alegría.

La vira es incómoda y un poco expuesta. A principios de julio cuando llegué allí todavía quedaba nieve así que dificultó el acceso, pero fue perfecto para poder tener agua suficiente para los días que estuve escalando y porteando en esa zona. En caso contrario habría tenido que emplear dos o tres días más sólo para portear agua desde el valle principal.

Desde este punto ya empecé a vivir en la pared. Se me hizo muy corta la ascensión, a pesar de que fueron 17 días los empleados en escalarla. Disfruté muchísimo de cada momento. Si hacía mal tiempo, esperaba a que terminara la tormenta y luego escalaba, sin importar la hora, pues son 24 horas de luz solar.

Sílvia Vidal, ascendiendo por las cuerdas fijas. Foto: Sílvia Vidal
Sílvia Vidal, ascendiendo por las cuerdas fijas. Foto: Sílvia Vidal

La vía “Un pas més” (A4/+-6a, 530 metros) va enlazando sistemas de fisuras por placas con lajas “expanding”, algunas invertidas, que dificultaron la ascensión en solitario, porque se me enganchaban las cuerdas mientras escalaba, lo cual dificultaba las maniobras tanto de escalada como durante los rápeles. También hay largos de fisuras, chimenea, travesías, techos…

El día de cumbre llovía y estuve a punto de no llegar, pues la pared es muy vertical e incluso desplomada, de principio a fin, y aunque intuía la cumbre cercana no sabía cuan cerca realmente estaba. Llovía y monté una reunión provisional para descolgarme a mitad de un largo y bajarme hasta la hamaca. Cuando ya tenía el descensor colocado, salió un rayo de sol. Dudé. Esperé unos minutos, quieta, bajo la lluvia. Decidí seguir escalando y desmontar esa reunión flotante. Al poco y para sorpresa mía, estaba en la cumbre. Había dejado de llover.

Sílvia Vidal, en la cumbre de Xanadu, tras finalizar la vía. Foto: Sílvia Vidal
Sílvia Vidal, en la cumbre de Xanadu, tras finalizar la vía. Foto: Sílvia Vidal

El paisaje; todo un espectáculo de territorio por descubrir.

Al día siguiente tenía previsto rapelar la vía y dar por terminada la escalada, pero hizo muy mal tiempo; tormenta, granizo, viento… Esperé 24 horas dentro de la hamaca, para rapelar al día siguiente (el decimoséptimo en pared).

Sílvia Vidal, rapelando Un pas més, Xanadu, Alaska. Foto: Sílvia Vidal
Sílvia Vidal, rapelando Un pas més, Xanadu, Alaska. Foto: Sílvia Vidal

Sólo hubo 4 días de inactividad total a causa del mal tiempo, aunque llovió más de la mitad de los días que estuve en el valle.

Cuando no llevas ni radio ni teléfono, implica que tampoco tienes un parte meteorológico que te permite valorar cuando es mejor subir, esperar o bajarse. Tienes que confiar que… Todo irá bien.

Esta expedición ha sido la más social de todas las que he realizado en mi vida. Partiendo de que en mis últimas expediciones en solitario no encontré nunca a nadie durante semanas; en esta ocasión, aun habiendo ido a un lugar geográficamente muy remoto y realmente salvaje, ha sido donde más gente me he cruzado. No es que fueran muchos sino que cuando partes de cero, lo que suceda ya es más.

Durante la escalada coincidí con una cordada de 4 escaladores americanos que abrieron una ruta más a la derecha, siendo los primeros en hacer cumbre de la cara oeste de Xanadu. Mientras desporteaba encontré 3 escaladores, americanos también, que abrieron otra ruta más a la derecha. Con ellos sólo coincidí unos minutos.

Ambos equipos montaron su campo base abajo en el valle que encara la oeste de la pared, y yo tenía el mío en la pared. Diferentes campos base, logísticas, estilos y opciones, y diferentes fechas, que hicieron que todos tuviéramos nuestro espacio y soledad.

La sensación de soledad no es mayor cuando estas físicamente solo. Es mayor cuando te sientes solo. En ningún momento me sentí sola, aunque estuve casi siempre sola. Pues además de toda la fauna existente, me “acompañaban” todos aquellos que me han apoyado creyendo que esta aventura era una buena idea.

Añadiendo aquellos con los que me crucé en el camino (por breve que fue) y los habitantes de Bettles, la pequeñísima población desde la que partí y regresé con hidroavión (Brooks Range Aviation).

¡GRACIAS a todos por esta experiencia!

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